La configuración del sistema-mundo actual

El concepto de “sistema-mundo”, planteado por Immanuel Wallerstein, propone que el análisis de la realidad social debe ir más allá de las fronteras nacionales. El presente sólo puede comprenderse a partir de las estructuras que se han configurado con el curso de la historia.

Para ello es útil recordar el concepto marxista de “modo de producción”, el cual se refiere a la forma en que una sociedad organiza la producción de bienes y servicios, articulando fuerzas productivas (trabajo humano, conocimiento y medios de producción) y relaciones sociales (poder, propiedad y lucha de clases).

Desde el marxismo se identifican cinco grandes modos de producción: el comunismo primitivo, caracterizado por la ausencia de propiedad privada; el esclavismo, basado en la apropiación directa de seres humanos y su trabajo; el feudalismo, con relaciones de servidumbre y vasallaje; el capitalismo, sostenido en la propiedad privada y el trabajo asalariado; y el socialismo, en el que se estatizan los medios de producción, como fase del proyecto de superación del capitalismo, con la mirada en el comunismo: una sociedad sin clases, sin Estado y sin opresión.

El capitalismo y el socialismo en disputa

Aunque es posible rastrear los orígenes del capitalismo desde el siglo XIII en ciudades italianas como Venecia, fue a partir del descubrimiento de América cuando este sistema se consolidó como una economía-mundo. Progresivamente, las potencias europeas fueron incorporando territorios de América, África y Asia a la economía global como proveedores de materias primas y fuerza de trabajo, configurando así una relación estructural y desigual de centro-periferia.

La historiografía tradicional hace pensar en un solo centro: Europa. Sin embargo, a lo largo de la historia y en la actualidad vemos que en realidad hay varios centros. Durante el periodo del colonialismo e imperialismo, las metrópolis europeas fueron grandes centros de concentración del capital, mientras quedaban subordinados los demás territorios y poblaciones que los habitaban.

Ante ese panorama y con base en las ideas marxistas, en 1917 Lenin lideró la Revolución rusa que instauró el socialismo en el anterior Imperio ruso, siendo así el primer ejemplo de socialismo real a gran escala en la historia de la humanidad.

El sistema socialista soviético tuvo un crecimiento demográfico y económico notable con la conformación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Además, jugó un rol crucial para derrotar a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, logró adelantos científicos-tecnológicos de primer nivel y consolidó un bloque fuerte de contrapeso al bloque capitalista liderado por Estados Unidos. Esta tensión de dos grandes frentes duró 45 años en la llamada “Guerra Fría”. Sin embargo, en 1991, la URSS se desmembró, viró hacia el capitalismo y tras una década de saqueo, finalmente Vladimir Putin impulsó un proceso de construcción nacional que ha reposicionado a Rusia como potencia.

Por su parte, China que durante milenios fue uno eje central del mundo, perdió protagonismo con el ascenso europeo. Tras el denominado “siglo de humillación” que sufrió ante las potencias occidentales, el triunfo de la Revolución comunista de 1949 dirigida por Mao Zedong marcó el inicio de una nueva consolidación política. Y con el liderazgo de Deng Xiaoping, a finales de los 70’s China implementó reformas que incorporaron mecanismos de mercado, originando un modelo definido como «socialismo con características chinas».

Este modelo de “insubordinación fundante” combinó apertura económica, atracción de inversión extranjera, fuerte regulación estatal y una política deliberada de apropiación tecnológica. Como resultado, en pocas décadas China pasó de una posición periférica a convertirse nuevamente en un actor central del sistema-mundo, disputando la hegemonía económica, tecnológica y geopolítica global.

El rol de México en el sistema-mundo

En este entramado histórico, vale la pena recordar que las futuras naciones latinoamericanas fueron parte del imperio español y portugués durante 3 siglos, aunque en una posición periférica. Su independencia política no mejoró mucho su poción en el mercado internacional porque quedaron dependiente financiera y tecnológicamente.

En el caso particular de México, el grado de integración alcanzado en las cadenas globales de valor permite ubicarlo como un país semiperiférico. No es periferia pura debido a su base industrial y su capacidad exportadora. Pero tampoco es un centro pues está condicionado económicamente a insumos y decisiones extranjeras.

No obstante, es importante subrayar que los sistemas históricos no son estáticos. La actual transición de la globalización hacia la regionalización, abre ciertos espacios de maniobra. En este contexto, la cultura mexicana y el proyecto de transformación nacional adquieren un mayor potencial. La propuesta del “humanismo mexicano” apunta precisamente a una nueva concepción del desarrollo sustentado en los principios de la dignidad humana, la justicia social, la democracia efectiva y la defensa de la soberanía nacional.

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